Jaipur, la ciudad rosa?

Llegamos a Jaipur con un poco de retraso y no en el mismo autobus en el que nos habíamos montado en Agra. La razón es bien simple, nuestro autobus no resistió más de dos horas de viaje y nos dejó tirados a mitad de camino… menos mal que no lo hizo lejos de la civilización y al menos pudimos llegar a la estación de autobuses de Bharatpur donde nos cambiamos de autobus. Durante los casi dos meses que hemos pasado entre Nepal e India hemos escuchado historias de otros viajeros a los que ya les había pasado esto, así que sabíamos que tarde o temprano nos iba a tocar a nosotros… y bingo! es imposible librarse cuando viajas en cuatro latas como los autobuses que tienen por aquí.

A Jaipur la llaman la ciudad rosa, porque todos los edificios de la ciudad vieja están pintados de rosa… pero la verdad es que tanto a Marta como a mí nos pareció mucho más naranja que rosa, con lo que de ahora en adelante la llamaremos la ciudad naranja!

La parte vieja de la ciudad naranja está amurallada y sorprende ver el orden de sus anchas calles, paralelas y perpendiculares, al contrario de otras ciudades como Varanasi donde la parte vieja es un entramado de callejuelas. Sorprende también los diferentes medios de transporte que te puedes encontrar en la ciudad vieja, desde tuk-tuks, rickshaws, coches, hasta caballos, camellos y elefantes! Las avenidas están repletas de negocios locales y tiendas donde comprar todos los souvenirs que uno se puede imaginar: sedas, calzados, pulseras, gorros… ni que decir tiene que Marta se compró unos cuantos complementos por allí.

Una de las cosas que más nos gustó de Jaipur es el Jantar Mantar, un observatorio al aire libre con instrumentos astronómicos en forma de construcciones, donde el Maharaja Jai Singh, apasionado de la astronomía, pasaba su tiempo libre. Entre otras cosas, se encuentra un reloj solar gigante de 27 metros de altura que da la hora con una precisión de tan solo dos segundos de error. Como en toda antigua capital de un reino Maharaja también hay un palacio, pero nosotros no llegamos a visitarlo por dentro.

Lo mejor del dia ocurrió volviendo al hotel por la tarde en rickshaw, ya que tuve una oportunidad única de llevar una de estas bicis de tres ruedas. Por un momento, y aprovechando que la calle estaba cortada para los coches en el sentido en el que nos movíamos, me cambié por el conductor y lo llevé durante unos minutos. Fue muy gracioso ver la cara de asombro de los indios por la calle al ver que un blanquito como yo llevaba en rickshaw a un pobre señor indio y a una blanquita como Marta. Tengo que decir que aunque pensaba que iba a ser duro, conducir un rickshaw en llano no tiene ninguna dificultad.

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