300 días de sol

Después de soportar el frio y lluvioso invierno australiano durante más de dos semanas por la costa sur, estábamos ya deseando llegar al calorcito de Queensland, que presume de tener más de 300 días de sol al año, y razón no le falta. Nuestro plan era volver a alquilar una campervan en Brisbane y conducir a lo largo de toda la costa hasta llegar a Cairns. Así fue como nos reencontramos con Chubby por 13 días!

Siempre nos habíamos imaginado Brisbane como una ciudad playera, pero como decían Los Refrescos “vaya vaya, aquí no hay playa!”. Pero la fama la tiene por algo, y es que la Golden coast y la Sunshine coast, que como su nombre indica son clones de la costa dorada y la costa del sol en España, están a un paso de Brisbane. Y para los que no pueden esperar al fin de semana para ir a la playa, Brisbane se ha inventado una pequeña playa artificial del tamaño de una piscina a la que llaman lagoon y que irónicamente está patrullada por guardacostas australianos.

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Cogiendo olas entre palmeras

Como no teníamos muchos días en Sri Lanka y queríamos pasar al menos tres días en alguna de las playas del sur, muy cansados y casi sin dormir la noche anterior, tuvimos que salir a la carrera de Dalhousie después de la bajada de Adam’s peak.

No sabíamos ni que ruta teníamos que seguir, ni cuanto íbamos a tardar, ni siquiera si seríamos capaces de llegar al sur ese mismo día, pero nos gustaba la sensación de aventura que iba a tener ese día. A base de preguntar a los locales en cada sitio, porque aunque Sri Lanka sea un país más desarrollado que India las estaciones de autobuses son un caos mucho mayor, conseguimos ir saliendo poco a poco del Hill Country y poniendo rumbo al sur. Primero cogimos un bus local desde Dalhousie a Hatton (2 horas), luego un segundo de Hatton a Balangoda (3 horas y media entre plantaciones de te y montañas por un patatal de carretera pero con unas vistas increibles), y finalmente otro de Balangoda a Pelmadulla (1 hora). Para cuando llegamos a Pelmadulla eran ya las 6 de la tarde, estaba anocheciendo, estábamos reventados de tanto bus y del cansancio acumulado, y todavía estábamos como poco a 5 horas en autobus directo a Matara (muy cerca de las playas al sur), bus que muy a nuestro pesar salía solo por la mañana. Así que nuestras únicas opciones eran subirnos a otro autobus local lleno hasta la bandera que nos acercaría un poco más al sur pero sin llegar a Matara, o pasar allí la noche y esperar al día siguiente a coger el bus directo a Matara. No sabíamos que hacer, y justo de la nada apareció un señor que se ofreció a llevarnos a Matara en su Tata nano taxi (4 horas), pero eso sí cobrándonos una millonada en un país como Sri Lanka, unos 60€. Lo pensamos por un momento y aunque nos parecía mucho dinero (en verdad 30 € por persona en un taxi de 4 horas no está nada mal, pero cuando viajas a largo plazo y low cost es bastante!) decidimos irnos con él, así esa noche dormiríamos en nuestro destino y nos levantaríamos el día siguiente ya en la playa. Nuestra playa elegida en el sur fue Mirissa.

Aunque el tsunami de 2004 arrasó muchas de las playas del sur de Sri Lanka, se han recuperado muy rápido y ya no se ven restos de la destrucción que causó. Mirissa, como decía nuestra guía, es una playa paradisiaca de arena fina y aguas turquesas poco desarrollada en cuanto a alojamientos y chiringuitos en la playa. Pero lo que no decía la guía es que la carretera pasa justo unos metros por detras, incluso en alguna zona llega a rozar la playa, y esto para nosotros no tiene nada de paradisiaco. Aun así es una playa muy tranquila y relajada, y con pocos turistas. Al igual que en Palolem, India, por la noche la playa se convierte en restaurante con mesas con velas y se puede cenar con el sonido y la brisa del mar de fondo y los pies en la arena… un auténtico lujo!

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